La autoestima y el exito

La autoestima es fundamental en la conquista del éxito. Si no te gustas a ti mismo, ¿cómo pretendes gustar a los demás? De nada sirve cubrirse de oro o vestir ropas de calidad si la autoestima es baja. El problema es que nos han educado de una manera que nos hace difícil gustarnos a nosotros mismos. Nuestra estructura mental nos hace excesivamente críticos.
En Estados Unidos se realizó una investigación con niños entre tres y cuatro años que consistía en colocar un micrófono detrás de las orejas de los niños para grabar durante veinticuatro horas todo lo que oían. A partir de los datos obtenidos llegaron a la conclusión de que el niño, desde que nace hasta que cumple los ocho años, oye aproximadamente unas cien mil veces la palabra ¡no! “¡No hagas esto!”, “¡No hagas aquello!”, ¡No pongas la mano ahí!”, “¡No dibujes aquí!”, ¡No, no y no!”. Los científicos del estudio también sacaron la conclusión de que por cada elogio el niño recibía una media de nueve regaños.
¿Qué ocurre entonces en nuestro cerebro ante tantas negativas? Va creando limitaciones para que podamos sentirnos aceptados por nuestros padres y por los demás. Y lo que tiene de genio cada niño va desapareciendo. Este es un hecho que se perpetúa de generación en generación. Y la humanidad, en su conjunto, no se desarrolla tanto como podría.
Todos los niños podrían ser superdotados si los estimularan para serlo. Lo hermoso de esta historia es que esto no sólo puede hacerse en la infancia, sino también en cualquier momento de la vida, siempre que se utilice la estrategia adecuada. Tu historia puede cambiar a más y mejor, en dirección al éxito, usando plenamente todo tu potencial a partir de hoy.

No es posible ayudar a las personas haciendo por ellas lo que ellas deberían hacer por sí mismas.
Abraham Lincoln

¿Cómo es tu relación con otras personas? Nadie puede hacer que te sientas inferior sin tu permiso. Nadie puede meterse dentro de ti para hacerte infeliz. Esa es una elección tuya. Si alguien genera en ti una sensación de inferioridad o de infelicidad es porque tú se lo estás permitiendo, le estás dando permiso: el sentimiento es tuyo, y tú eres quien decide lo que quieres sentir.
¿Por qué nos cuesta tanto lograr que nuestro comportamiento actúe en nuestro beneficio?
El mayor poder de nuestra mente reside en nuestro inconsciente. No obstante, en la civilización occidental la educación suele dirigirse por norma hacia el hemisferio izquierdo del cerebro. La puerta al subconsciente está en el hemisferio derecho, pero no hemos aprendido a utilizarlo.

¿Sabes cómo se entrena a una pulga? Coloca la pulga en un frasco y tápalo. Como a la pulga no le gusta estar encerrada, empezará a saltar. Así que salta, se golpea contra la tapa del frasco, pero lo vuelve a intentar y sigue chocando, de modo que al final su cerebro llega a la conclusión de que no sirve de nada saltar tan alto y empieza a dar saltos más pequeños, para no golpearse contra la tapa. Una vez que empieza a actuar así, se puede quitar la tapa del frasco, porque ya nunca más la pulga saltará fuera. Su cerebro se ha hecho a la idea de que existe algo que le impide saltar más alto y no habrá modo de que conciba que la tapa no está allí.
¿Cómo se adiestra a un elefante? El principio es el mismo que con las pulgas. Cuando el elefante aún es un “bebé”, el domador lo ata con una cuerda a un árbol. El pequeño elefante intentará librarse de las ataduras, pero el árbol es resistente y pesado y no lo conseguirá. Después de intentarlo varias veces, desiste. Entonces crece, va a parar a algún circo y lo único que tiene que hacer el payaso para sujetarlo es atarlo con una cuerda a la pata de una silla. El elefante todavía creerá que está atado a un árbol.
Al igual que la pulga y el elefante, también los seres humanos hemos sido programados con una serie de condicionamientos de los que, por lo general, no somos conscientes.
A los siete años era importante que mi madre me dirigiera para que no cruzara la calle solo. Hoy, de adulto, no tendría ningún sentido que lo hiciera. Sería un grave trastorno para mi vida que tuviera que llamar a mi madre cada vez que necesitara cruzar una calle. De esta limitación (como si se tratara de la tapa del frasco en el caso de la pulga) ya me he liberado; pero, ¿cuántas limitaciones aún conservo en mi vida de las que no soy consciente? ¿Cuántas quedaron fijadas en mi estructura mental a consecuencia de los cien mil “no” que escuché en mi infancia sin que aún ahora no haya cuestionado su importancia para mi vida presente y futura?

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